
John se giró de improviso y sorprendió a Belle mirándolo. Sus ojos se encontraron con los de ella, y durante un momento él dejó su expresión al descubierto, permitiéndole examinar su alma. Entonces esbozó una sonrisa torcida, rompiendo la magia, y dándose media vuelta.
"Es una yegua encantadora," dijo él.
Belle tardó un poco en recuperar la respiración. "Sí, la tengo desde hace años. "
"No creo que se ejercite demasiado en Londres. "
"No" ¿Y por qué estaban conversando tan insípidamente ahora, quiso saber Belle? ¿Por qué se había distanciado él de ella? No creía poder aguantar en su compañía ni un momento más si se iban a dedicar a intercambiar trivialidades y, Dios lo prohibiera, a mantener una charla cortés. "Debería irme," dijo ella, de repente. "Se hace tarde. "
John rió entre dientes al oírla. Eran apenas la diez de la mañana.
En su prisa por arreglarse y marcharse, Belle no se percató de su diversión. "Puede quedarse con la cesta," le dijo. "Es un regalo, junto con la comida. "
"La atesoraré para siempre." Tiró del cordón para que la criada de Belle volviera de las cocinas.
Belle sonrió, y después, para a su horror y sorpresa, sintió una lagrima escapar de su ojo. "Gracias por su compañía. Ha sido una mañana encantadora. "
"Para mi también." John la escoltó al vestíbulo. Ella le sonrió antes de dar media vuelta y alejarse de él, estremeciéndole el alma y enviando de una oleada de deseo por su todo su cuerpo. "Lady Arabella," dijo, con voz ronca
