
– Pero en ese caso -dijo él-, una esposa inteligente podría poner en evidencia a un marido inepto. No funcionaría en absoluto. Él se amilanaría. Es mucho mejor que ella sea un simple adorno. No, no intente lo imposible, señorita Melfort… aunque le parezca sólo improbable. Deje a Beatrice con su feliz ignorancia. Mi hermano nunca vio la necesidad de enseñarle otra cosa que virtudes femeninas. Es demasiado tarde ahora para imaginar que pueda leer y aprender a amar los libros y toda la sabiduría que encierran. Creo que no tiene mucha aptitud para eso.
– Yo diría que lo que le falta es interés, no aptitud -dijo Laura-. Vivo con la esperanza de despertar su interés, señor.
– ¿Y convertirla en una solterona de lengua afilada y mirada atrevida como usted? -preguntó-. Creo que no, señorita Melfort. La he contratado a usted más como dama de compañía de mi sobrina que como institutriz.
Laura se sintió dolida. Mucho más de lo que habría admitido.
– No tengo ninguna de las cualidades de Beatrice -dijo-. Pero ésa no es la cuestión. Estamos hablando de su sobrina, no de mí.
– ¿De veras? -preguntó el conde, otra vez con timbre de aburrimiento, aunque sus ojos la miraban con fijeza-. ¿Qué cualidades le faltan, señorita Melfort? Una buena dote, sin duda. Tiene la belleza. No es joven, veinticinco o veintiséis años, calculo, pero no tan vieja que ya no pueda engendrar hijos. Puede hablar de multitud de temas, no lo dudo. ¿Sabe bailar?
– Sí -contestó Laura secamente-. Por supuesto que sé bailar.
– Entonces sólo le falta una cualidad importante.
Laura levantó la barbilla, herida de nuevo y despreciándose por sentirse así.
– Serrín.
Ella frunció el entrecejo, sin comprender.
– ¿Serrín?
El conde encerró la cara de Laura entre sus manos. La muchacha se quedó inmóvil.
– Aquí -dijo, estrechando un poco el cerco de los dedos-. En vez de serrín tiene usted cerebro. Puede ser un grave inconveniente.
