
– Un discurso digno de una solterona, señorita Melfort -dijo el hombre-. Pero debería probar a satisfacer sus sentidos uno de estos días. Es una forma maravillosa de pasar una vida que carece de significado. Ha hecho un buen trabajo con Beatrice. A pesar del alarmante despliegue de entusiasmo de esta mañana, tiene agradables modales y puede conversar sobre una gran variedad de temas, desde el clima hasta los sombreros y los abanicos. Desde luego, está creciendo y acabará siendo la belleza que prometía desde que era niña. Dentro de dos o tres años, podré concertarle un buen casamiento. ¿Sabe bailar?
Había dejado de tocarla, aunque seguía estando delante de ella, con las manos en la espalda. Se habría sentido más cómoda si hubiera podido retroceder un par de pasos, pero se quedó donde estaba.
– Con mucha elegancia -dijo-, incluso ese baile nuevo que llaman vals, que le gusta mucho. Pero no es una alumna aventajada, señor. No hará buen papel como esposa si antes de que pasen dos años no ha aprendido a leer ni ha adquirido algunos conocimientos sobre libros y buenas letras.
– Dios nos asista -dijo el conde, arqueando de nuevo las cejas con arrogancia-, no será usted una bachillera, ¿verdad, señorita Melfort? ¿De verdad cree usted que a los jóvenes terneros que se apelotonarán alrededor de Beatrice dentro de unos años les importará mucho -aquí chascó los dedos- que sea una sabionda? La valorarán por su belleza, su dote, su juventud y su capacidad para engendrar herederos.
– Y por la amenidad de su conversación -añadió Laura.
– Eso también -admitió el conde-. ¿Por qué cree usted que los hombres van de caza y de pesca y frecuentan sus clubes? Para no oír hablar más de lo necesario del tiempo, los sombreros y los abanicos.
– Y así fueron felices y comieron perdices -dijo Laura con acritud-. ¿No sería mejor que un hombre pudiera hablar con su esposa? ¿Hablar de veras?
