
– Prefiero ser una solterona con cerebro -dijo con actitud desafiante- a ser una esposa con serrín. -No estaba muy segura de estar diciendo la verdad. La soltería le pesaba desde hacía años, desde que se había dado cuenta de que las institutrices raramente se casan porque están a caballo entre el mundo de los criados y el de los señores, sin pertenecer a ninguno.
– Vaya -dijo el conde, al parecer leyéndole el pensamiento-, es usted capaz de soltar la más negra de las mentiras sin parpadear, señorita Melfort.
– Supongo -dijo Laura, tratando de disimular que había resentimiento en su voz- que para usted es inconcebible que una mujer sea feliz sin un hombre.
– Tan inconcebible como que un hombre pueda ser feliz sin una mujer -dijo él-. Me pregunto si tener cerebro en lugar de serrín hace una boca menos digna de besarse. Tengo intención de hacer la prueba.
Aunque siguió mirándola fijamente a los ojos, Laura no entendió el significado de sus palabras con celeridad suficiente para escapar. Puede que escapar hubiera sido imposible de todas formas. Puede que él no la hubiera dejado. O es posible que ella no hubiera forcejeado con convicción suficiente, o que no hubiera forcejeado en absoluto.
Cuando la boca del conde se posó sobre la suya, la encontró cálida y firme. Olía a brandy y a colonia, una combinación embriagadora que esta vez consiguió que se le doblaran las rodillas. Los muslos que la recibieron eran musculosos e indistintamente masculinos. Entonces percibió el sabor del brandy. El conde abrió los labios sobre los suyos, y ella notó calor y humedad y la punta de una lengua que presionaba ligeramente sobre sus labios hasta que no tuvo más remedio que abrirlos y permitirle el acceso a los sensibles tejidos interiores. Laura tenía algo entre los dedos, dos cosas. Con la mano derecha sujetaba el libro y con la izquierda asía la camisa masculina. El dorso de su mano estaba pegado a un pecho velludo.
