– No -dijo el conde-. No es así. Es interesante.

Laura se quedó mirándolo sin expresión, vacía, totalmente desorientada. El hecho de tener cerebro no hacía su boca menos digna de besarse. De eso estaba hablando. Laura se sentía extrañamente satisfecha.

Con algo de retraso se le ocurrió que un frunce de indignación y un ¡Cómo se atreve!, incluso una bofetada, habría sido más apropiado que su cara inexpresiva, alelada y suplicante. Con no menos retraso retiró la mano de su pecho y soltó el delicado tejido de la camisa.

– Váyase a la cama, señorita Melfort -dijo el conde de Dearborne-. Con Damon. No es probable que le haga mucho daño, dado que su dama estará con él. Averiguará su nombre en el libro. Si se queda, acabaré seduciéndola y preñándola. Y no tengo por costumbre seducir a mis sirvientas… ni a ninguna señora que esté a mi servicio.

Laura lo miró un momento antes de dar media vuelta para escapar. Pero la voz masculina la inmovilizó cuando tenía la mano en el tirador de la puerta.

– Señorita Melfort -dijo-, no voy a prohibirle que venga a la biblioteca, pero he de pedirle que en el futuro se vista más apropiadamente cuando trasponga los límites de su dormitorio. Voy a tener invitados esta semana.

Era muy humillante que alguien tuviera que decirle una cosa así. Y más aún el conde de Dearborne… Se quedó helada al recordar su lamentable aspecto.

– Además -añadió el hombre, con voz más potente, como si se acercara, aunque Laura no se volvió para comprobarlo-, no soy de piedra, señorita Melfort. Nunca sabrá el esfuerzo sobrehumano que me ha costado esta noche mantenerme fiel a mi costumbre.

Laura giró el pomo, abrió la puerta y huyó.

Ciertamente, no era buen momento para pensar en tener una amante. Ni para pensar en cambiar sus costumbres… si es que «costumbre» era la palabra adecuada. Cuando era joven, se había dado cuenta de que su hermano mayor se acostaba con las lecheras, las doncellas y las hijas de los braceros casi con la misma frecuencia y descuido como habría cogido manzanas en el huerto. El actual conde de Dearborne seguía cumpliendo con las obligaciones de su difunto hermano para con dos bastardos de la región, los dos que había engendrado después de casarse. Los demás ya se habían independizado.



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