
El, sin embargo, había sido decididamente casto durante su juventud. Desde luego, se había resarcido desde entonces, pero sólo con mujeres cuya profesión era dar a los hombres todo el placer que fueran capaces de pagar.
No era el momento de soñar con lo que le gustaría hacer, y menos con la institutriz de su sobrina. Ningún momento sería el indicado, pero aquél era el peor de todos.
Había decidido comprometerse.
Con la honorable Alice Hopkins, hija del vizconde de Gleam. Alguien de su misma clase y condición. Alguien que llevaba en sociedad tres años (tenía ya veintiuno, diez menos que él) y conocía las normas de la vida social. Era guapa, educada y encantadora. Totalmente apropiada para él. Sería una anfitriona perfecta, una compañía amena y una madre ideal para sus hijos. Entendería que él quisiera vivir gran parte de su vida a su aire… lo mismo que ella,
Y así fueron felices y comieron perdices. Ojalá no hubiera oído aquellas palabras, pronunciadas por la desdeñosa voz de la institutriz de Beatrice.
Había invitado a la señorita Hopkins y a sus padres, y a muchos otros huéspedes, a pasar unas semanas en Dearborne, su mansión rural. Aunque ya había elegido, no lo había hecho de manera tan ostentosa que no pudiera retirar honorablemente sus atenciones. Todavía no había hecho ninguna proposición ni había hablado con el padre de su interés por ella. El matrimonio era para toda la vida. No era cuestión de tomárselo a la ligera. Averiguaría qué tal congeniaban en un entorno campestre.
Pero la decisión estaba tomada. A menos que sucediera algo inesperado, hablaría con Gleam antes de que se fueran los invitados. Y se casaría con la hija de Gleam antes de Navidad.
