Desde luego, no tenía la menor intención de dejarse tentar por una institutriz marisabidilla y gazmoña que tenía el pelo más bonito que había visto en su vida y que descalza y con un largo camisón de algodón y sin adornos estaba irresistible. Y cuya mano, al apoyarse en su pecho desnudo, le había quemado como un ascua.

Maldición, no quería que lo distrajeran de sus asuntos. Y no habría ocurrido si aquella mujer no hubiera estado vagando por la casa a medianoche escandalosamente ataviada. Al abrir la puerta de la biblioteca había entrevisto una figura vestida de blanco flotando cerca del techo, y había pensado que era un fantasma o un ángel. Había decidido burlarse de ella y castigarla por haber quedado ante sí mismo como un idiota redomado; fingió que no la veía y así la había obligado a quedarse allí arriba durante cuarenta y cinco minutos; su intención había sido esperar una hora, pero no había tenido tanta paciencia.

Habría tenido que darle un grito nada más verla y enviarla inmediatamente a su cuarto.

Pero el daño estaba hecho. La había visto aquella mañana en el estudio; le había parecido una mujer todavía joven, tirando a guapa, serena y disciplinada… la típica institutriz, si es que existía algo parecido. Todas las veces que la vio después de aquella noche en la biblioteca tenía el mismo talante, como si nada fuera capaz de turbar su equilibrio.

Pero había visto su cabello cayéndole por la espalda. La había visto con un salto de cama. La había besado y había estrechado su cuerpo esbelto contra el suyo. Y el dorso de su mano se había posado en su pecho, cerca del corazón.

La deseaba más que a ninguna otra mujer en los últimos tiempos. Probablemente porque no podía tenerla, se dijo con firmeza. Era fruta prohibida.

Siempre había estado muy unido a Beatrice. Sentía lástima por la muchacha, abandonada en su más tierna infancia por su madre, que había huido con un amante, y durante mucho tiempo desdeñada por su padre. Él solía pasar largos ratos en el cuarto de los niños, jugando con ella, escuchándola con complacida tolerancia, llevándola de vez en cuando a cabalgar por el parque que rodeaba la mansión. Beatrice sentía adoración por él.



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