
Así pues, durante los días que siguieron a su regreso e incluso después de la llegada de los invitados, no dejó de repetirse que tenía derecho a visitar el estudio para comprobar por sí mismo los progresos que hacía su sobrina para convertirse en una damisela digna de la buena sociedad y del marido de alta cuna que él mismo le encontraría cuando cumpliera los dieciocho.
Tenía la impresión de que Beatrice se exhibía ante él cada vez que iba a verla. La verdad es que le sonreía y le hablaba con excitación, tocaba el pianoforte y le cantaba todas sus canciones favoritas, le enseñaba sus mejores bordados y sus mejores dibujos buscando su admiración, le suplicaba que le permitiera cenar con los invitados e ir con ellos de merienda y a otras excursiones, y en general, supuso, era una dura prueba para la señorita Melfort. La señorita Laura Melfort, pues había averiguado su nombre de pila.
También se había dado cuenta de que la señorita Laura Melfort no sonreía ni una sola vez durante sus visitas al estudio, ni levantaba los ojos para mirarle, ni daba el menor indicio de que se enteraba de que él estaba en la misma habitación o en el mismo universo que ella.
El conde se preguntaba si estaría tan obsesionada por él como él por ella. Se preguntaba si desearía acostarse con él con tanta intensidad como él lo deseaba. La verdad es que encontraba su serenidad y su recato insoportablemente atractivos.
Una tarde no tuvo más remedio que levantar los ojos hacia él y reconocer su presencia. Había estado paseando con la señorita Hopkins, una hermana de ésta y otros invitados.
