Se despreció. Una pobre solterona deseosa de amor, solitaria y frustrada. Que tenía fantasías románticas, incluso lascivas, con su patrón. Con un noble del reino, nada menos. Que detestaba a la bella e inocente señorita Hopkins sólo porque se iba a casar con él. Que detestaba la idea de ver en el cuarto de los niños a los hijos de él y de la señorita Hopkins, quizá a su cuidado.

¡No, nunca!

Se odió a sí misma. En consecuencia, se sumergió en el trabajo, instando a Bea a que practicara con el pianoforte, a que tocara y cantara más que de costumbre porque estaba creciendo y pronto necesitaría utilizar sus dotes en público. Y del modo más descarado, camelando a la niña para que leyera, dándole historias que alimentaran su imaginación romántica y su tierno corazón. Bea, que sabía leer desde hacía algún tiempo pero no le encontraba el gusto a aquel arte, mejoró notoriamente en pocos días. El viejo libro de la biblioteca inculcó su magia en ella… y en Laura. Era perfectamente posible que un hombre y una mujer de mundos diferentes se unieran…

¡No! No era posible. Él había tenido razón al cuestionar aquella idea. No funcionaba. En la realidad no. Quizá en las páginas de una novela de aventuras, pero no en la vida real.

Y, naturalmente, no era cuestión de comprobarlo.

Bea contaba con las simpatías de todas las señoras. A pesar de sus ruegos y carantoñas, su tío no le permitía unirse al grupo ni para cenar ni para los entretenimientos posteriores. Era demasiado joven, le decía firmemente. Pronto llegaría el momento, pero a veces, como aquella tarde en el río, las señoras le pedían que se uniera a ellas en alguna actividad diurna.

Una tarde, la señorita Hopkins y su hermana la señora Crawford fueron de visita al estudio. No llamaron, sino que entraron directamente, hablando y riendo. Ambas abrazaron a Bea, admiraron la acuarela que estaba pintando y luego la invitaron a tomar el aire con ellas. Ni siquiera repararon en Laura, que se apartó en silencio de su propia pintura y empezó a despejar la mesa. Asintió con la cabeza cuando Bea la miró con aire inquisitivo, y la muchacha salió corriendo en busca de un sombrero.



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