Algún día aprendería Bea que las señoras no debían correr. Algún día perdería la impetuosidad de la juventud. Laura suspiró. ¿Por qué ella y todos los demás responsables de la educación de Bea trabajaban incansablemente para que ese día llegara pronto? ¿Por qué la juventud y el ímpetu tenían que desaparecer?

– Es muy torpe -dijo la señorita Hopkins.

– Pues debes tratarla con cariño -dijo la señora Crawford, mirando de nuevo el dibujo de Bea y sonriendo con desdén-. Dearborne la quiere mucho.

– Podríamos enviarla a un colegio durante un par de años -dijo la señorita Hopkins-. No estoy segura de querer compartir esta mansión con una sobrina tan sana, por grande que sea la casa.

La señora Crawford miró a su alrededor, vio a Laura limpiando pinceles y tosió con delicadeza.

– Cuidado, querida -dijo-. Creo que hay oídos cerca.

– Oh. -La señorita Hopkins siguió la dirección de la mirada de su hermana y, durante unos segundos, miró a la institutriz con desprecio-. Los sirvientes que desean mantener el empleo y que les den una carta de recomendación si los despiden han de saber cuándo es obligatorio tener la boca cerrada.

Bea entró como una tromba en aquel momento, con los ojos brillantes, colorada y sonriendo.

– Estoy lista -dijo-. Éste es el nuevo sombrero de paja que el tío Bram me ha traído de la ciudad.

– Y es ciertamente precioso, querida -dijo la señora Crawford-. A la última moda, te lo aseguro. No podía esperarse menos si lo eligió el propio Dearborne.

– He de confesar que casi estoy celosa -dijo la señorita Hopkins-. Eres diez veces más guapa que yo, querida Beatrice. Hemos de convencerte de que vengas con nosotras para alegrarnos el paseo, ¿verdad, Clara? No recuerdo haber sentido por nadie un cariño tan profundo como el que siento por ti.



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