– Se desenvuelve de un modo exquisito -murmuró Clara Crawford cuando las tres abandonaban el estudio, dejando la puerta abierta.

Laura siguió ordenando la estancia. Pobre Bea. No era una muchacha especialmente inteligente ni particularmente habilidosa en ninguna de las cualidades que se esperaban de una señora. Pero era dulce y cariñosa. Con la educación y compañía adecuadas, podría llegar a ser una mujer cálida y adorable, y aspirar a una vida feliz.

Bea no se encontraría a gusto en un colegio. Y como su madre la había abandonado de pequeña y en el fondo dudaba siempre de si la querían o no, lo que menos necesitaba era una tía que no simpatizaba con ella y la despreciaba… y encima tenía celos de ella. La honorable señorita Alice Hopkins había sido sincera en esto.

Y con quien él se iba a casar era con la señorita Hopkins.

No importaba. De verdad que no importaba con quién se casara. Laura levantó los ojos de súbito. Él estaba en la puerta, apoyado en el marco, observándola. No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

– ¿Se ha ido Beatrice? -preguntó.

– La señorita Hopkins y la señora Crawford han venido a invitarla a dar un paseo con ellas.

– Ah -dijo, sin perderla de vista mientras ella ordenaba papeles que no necesitaban ser ordenados-. Bueno, ya lo sabía. Las he visto paseando juntas. Los demás invitados están con otros asuntos. Me he excusado con ellos diciendo que tenía cosas que atender durante unas horas.

Laura enlazó las manos, harta de revolver cosas en su presencia.

– ¿Ya ha empezado? -dijo-. ¿Siente ya la necesidad de escapar del aburrimiento?

– Señorita Melfort -dijo el conde, clavando los ojos en los suyos desde el otro lado de la habitación-, es usted una impertinente.



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