Era verdad. Laura no sabía cómo había sido capaz de decir una cosa así en voz alta. Quizá había sentido la necesidad de devolver parte de la humillación a que la habían sometido su futura prometida y la hermana de ésta.

El conde se apartó de la puerta y se acercó a la ventana. Se quedó mirando los jardines de abajo.

– Pero tiene razón, que Dios la confunda -añadió.

– En la rectoría en la que crecí -dijo Laura- no se nos permitía utilizar palabras ofensivas y nadie podía utilizarlas en nuestra presencia.

El conde volvió la cabeza y la miró fríamente. Laura no supo si sus ojos inexpresivos ocultaban cólera o burla.

– Le pido disculpas -dijo el conde.

Ella tragó saliva.

– Los huéspedes me aburren -añadió el hombre- cuando tengo que soportarlos todo el día y parte de la noche. Así que urdo estratagemas para huir de vez en cuando. He venido a verla, señorita Puritana, señorita Rectitud. Distráigame.

Laura se preguntó si el conde se daba cuenta de la provocación que había en sus palabras. Pero ¿y si había reparado ella en este matiz porque se estaba corrompiendo?

– No sé cómo -dijo.

Él seguía mirándola por encima del hombro.

– Y sin embargo, los dos estamos pensando claramente en lo mismo, ¿verdad? -dijo-. Sería incorrecto, señorita Melfort. No sé si alguna vez podré perdonarla por darme a entender cierta noche memorable que era usted una mujer. Ni si podré perdonarme a mí mismo por haberla besado. Hábleme. De cualquier cosa que no sea el tiempo, los sombreros o los abanicos.

No estaba flirteando con ella. Eso lo había dejado muy claro. Pero ella sólo podía verlo -y de qué modo tan asfixiante- como hombre. La moderna levita entallada, el calzón hasta la pantorrilla y las botas alemanas perfilaban su cuerpo macizo. Y era guapo hasta la desesperación.

– No me diga que sólo sabe hablar de esos temas -insistió él-. Esperaba algo mejor de usted. Venga. -Se apartó de la ventana-. Siéntese en el banco de la ventana, póngase cómoda y no se quede ahí en las sombras, como una estatua.



24 из 36