Ella se acercó a él con algún titubeo y se sentó en el banco acolchado de la ventana, delante de él, arreglándose cuidadosamente la falda de algodón al sentarse. El siguió de pie, aunque levantó una pierna y puso la bota en el asiento, junto a ella. Apoyó el codo en la rodilla para que su rostro quedara al nivel del de la muchacha, quizá demasiado cerca para que ésta se sintiera tranquila.

– La rectoría -dijo-. Hábleme de ella. Hábleme de su niñez y de su adolescencia.

– Sería muy aburrido, señor -dijo Laura, sintiendo un ramalazo de nostalgia. No le gustaba pensar en su adolescencia.

– Permítame que sea yo quien juzgue -dijo el conde-. Hábleme de sus padres, y de sus hermanos, si los tuvo. Hábleme de Laura Melfort y de quién es ella.

– Tuve una infancia feliz -dijo, casi en un susurro-. Muy feliz. Éramos once, incluyendo a mis padres.

Y más pobres que las ratas. Y más si cabe por el hecho de que su padre donaba el dinero que su propia familia necesitaba desesperadamente y su madre daba a otros la comida que sus propios hijos habrían devorado con entusiasmo. Pero nunca pasaron hambre ni frío, ni vistieron andrajos. Y eran más ricos que Creso en amor y felicidad. Nunca estaban solos. Siempre había algún hermano con quien jugar o pelearse. Y nunca se aburrían. Siempre había faenas domésticas que hacer, lecciones que aprender, feligreses a los que visitar, veladas familiares, o musicales, o literarias en las que participar y disfrutar.

Había sido una juventud idílica, aunque entonces, por desgracia, no se hubiera dado cuenta ni lo hubiera apreciado por completo. Aunque quizá no hubiera sido «por desgracia». Quizá una felicidad como aquélla tuviera que ser inconsciente. Quizá la felicidad se estropeara si intentábamos aferramos a ella.

Como siempre había dicho su padre, es posible que los buenos momentos fueran pasajeros y hubiera que vivirlos al máximo y renunciar a ellos a continuación, para que no se nos escapara el momento siguiente.



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