
Y siempre quedaban los recuerdos. La memoria era uno de los regalos más preciosos que nos había dado Dios.
– Yo sólo tuve un hermano y una hermana -dijo el conde de Dearborne-. Mi hermano tenía doce años más que yo. Nunca le admiré especialmente, y para él yo era un estorbo. Mi hermana Anne se casó cuando yo era un niño y se fue a vivir a Barbados con su esposo. No me permitían jugar con otros niños de los alrededores porque estaban muy por debajo de mí en la escala social. Y raramente veía a mis padres, que pasaban la mayor parte del tiempo en Londres. Murieron antes de que yo me hiciera adulto. Tenía todo lo que podía necesitar y todo lo que no necesitaba. Envidio sus recuerdos, señorita Melfort.
Ella le miró a los ojos. Sentía un absurdo deseo de llorar. Los recuerdos, incluso los buenos recuerdos, especialmente estos últimos, podían ser dolorosos. Podían hacer que el presente pareciera algo estéril y vacío.
– ¿Quién la educó? -preguntó el conde-. ¿Su padre?
Laura asintió con la cabeza.
– Él nos lo enseñó todo -dijo.
– ¿A los hijos y a las hijas por igual? ¿Le enseñó latín y matemáticas, y todo eso que habitualmente se reserva para la educación de los varones?
– Sí -dijo ella-. Y griego.
El conde sonrió fugazmente.
– Una bachillera, no hay duda -dijo-. No espere que ningún hombre la pretenda. Daría usted miedo a todos.
– No me importa -dijo ella-. Soy capaz de alcanzar un mundo que está más allá de lo físico. Con mi mente y los libros puedo trascender la frecuente insipidez y el aburrimiento de la vida cotidiana.
– Señorita Melfort -dijo el conde, inclinándose hacia ella, que contuvo el deseo de pegar la cabeza al cristal de la ventana-. Eso que acaba de decir, ¿hay que entenderlo como un reproche? ¿Vuelve a ser impertinente?
