
No. Laura formó la palabra con la boca, pero no pronunció sonido alguno. Se aclaró la garganta torpemente.
– No, señor.
– ¿Sigue Beatrice encontrando placer en la lectura a causa de aquel simulacro de historia amorosa?
– Sí -dijo Laura-. Creo que finalmente ha entendido el misterio de unir letras y sonidos para dar sentido a lo que hay escrito en una página.
El conde la observó en silencio un largo rato, recorriendo su rostro con la mirada. Finalmente la miró directamente a los ojos y sonrió.
– Gracias -dijo con dulzura-. Gracias, Laura Melfort. Beatrice es una persona muy importante para mí. No sólo porque sea su tutor; es que le profeso un gran cariño.
– La quiere usted -dijo ella- como si fuera su propia hija.
– Sí -dijo, bajando el pie del banco y enderezándose-. Me alegro de haber mentido descaradamente para huir un rato de mis huéspedes. Me siento recuperado. Cuando Beatrice vuele del nido, la retendré a mi servicio con una ocupación u otra, señorita Melfort. Es muy posible que me salve usted de morir de aburrimiento en fecha no muy lejana.
– Qué absurdo -dijo Laura-. Debería usted casarse con una mujer que sepa hacerle compañía.
El conde volvió a traspasarla con los ojos y ella comprendió que había sido indiscreta.
– ¿Habla en serio? -dijo suavemente-. ¿Aspira usted al puesto?
Laura cerró los ojos con fuerza y sintió que se ponía como la grana.
– Ruborícese, se lo merece -añadió el conde-. Creo que no se puede negar que soy capaz de elegir a mi prometida y de organizar mi vida sin necesidad de oír sus consejos, señorita Melfort, por muy inteligentes y sabios que sean.
Transcurrieron unos momentos de silencio insoportable hasta que oyó el rumor de las botas masculinas recorriendo la estancia y el suave chasquido de la puerta al cerrarse.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba allí.
La visita concluiría con un baile que se celebraría la última noche. Habían invitado a los vecinos de toda la región para llenar el salón de baile. La casa y sus alrededores bullían con los preparativos. Hacía muchos años que en Dearborne no se celebraba un baile como Dios manda.
