
Había imaginado, tonta de ella, que se quedaría sólo un momento, lo necesario para coger una carta del escritorio o quizá un libro. Había esperado que saliese en seguida y había contenido el aliento, rezando para que no levantara los ojos hacia las sombras y la viera allí, donde no tendría que estar. En su biblioteca.
Y más bien ligera de ropa.
Pero él no se había quedado sólo unos momentos. Mientras ella observaba desde arriba, petrificada y horrorizada, él había cogido un libro de un estante más bajo y se había sentado en el sillón de cuero. Y si alguna duda le había quedado acerca de sus intenciones, había desaparecido cuando al cabo de unos minutos entró su ayuda de cámara con un frasco de licor en una bandeja. Le había servido una copa y había dejado la bandeja al lado del conde.
Era ya demasiado tarde, tras la partida del criado, para dar a conocer su presencia. Para anunciarse habría tenido que ser inmediatamente. No habría tenido que apagar la vela y habría bajado la escalera con toda la dignidad posible, murmurado una disculpa y dejado al conde de Dearborne en su sillón de cuero, con su libro y su brandy.
Ay, cuánto deseaba ahora haber hecho aquello.
Tardó alrededor de diez minutos, aunque le parecieron una hora, en depositar el candelabro en un estante y sentarse en el travesaño superior, todo con el máximo sigilo. Y allí se quedó, no atreviéndose a mover un músculo, durante lo que le parecieron horas, aunque quizá sólo transcurrieran otros diez o quince minutos. No, seguro que había pasado más tiempo. El travesaño se le estaba clavando en los muslos y el dolor estaba a punto de hacerle gritar. Pero no se atrevía a moverse. Se apretó el libro cerrado contra el pecho.
