Quería toser. Había polvo flotando en el aire cerca del techo, polvo que probablemente había levantado ella al investigar los libros del último estante; porque, cielos, ¿por qué siempre la había fascinado el último estante cuando habría podido encontrar fácilmente algo legible sin despegarse del suelo? Tragó saliva tres veces, conteniendo el impulso de toser.

Entonces oyó una voz, sufrió un sobresalto y a punto estuvo de perder el precario equilibrio que guardaba. Era una voz de hombre que hablaba tranquilamente y con desenvoltura. Era la voz de él, aunque no había nadie más en la habitación para responderle. Descontándola a ella.

– Yo diría que lo más inteligente que se puede hacer -dijo la voz- es bajar de ahí. Parece un asiento bastante incómodo.

¡Se había dado cuenta! ¡Y desde el principio!

Se incorporó lentamente y bajó la escalera con cuidado, pero con las fosas nasales dilatadas de furia. Había estado jugando con ella. Cuánto había disfrutado al saberla en aquella situación.

Cuando sus pies descalzos tocaron por fin la cálida seguridad de la alfombra, la furia desapareció y la humillación ocupó su lugar. Sólo llevaba puesto el camisón y ni siquiera tenía a mano una bata que la ocultara decentemente. Y había estado escondida en lo alto de la escalera durante Dios sabe cuánto tiempo, creyéndose inadvertida.

– ¿Ha bajado ya? -preguntó la voz, con un ligero timbre de aburrimiento-. Póngase donde pueda verla.

Laura rodeó el sillón, manteniéndose en las sombras, guardando toda la distancia posible entre el sillón y su persona. Él tenía la mirada fija en el libro, como si leyera. Laura se preguntó si echaría a correr tras ella si ella trataba de ganar la puerta. Sin duda la despedirían a la mañana siguiente. Aunque iban a despedirla de todos modos.

– Acérquese -dijo el conde, sin apartar la mirada del libro-. Más. Dentro del círculo de luz de las velas.

La luz de las velas ciertamente no llegaba muy lejos.



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