
Laura tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder. Aquellos ojos claros, de párpados más bien gruesos, parecían llegar hasta el fondo de su cerebro. Mejor dicho, parecían mirar directamente en su alma.
Se hizo patente entonces, por si no se había dado cuenta antes, que era un hombre acostumbrado a tener y a imponer autoridad. Se quedó en silencio durante tanto tiempo que Laura creyó reducirse de tamaño, y se preguntó tontamente si estaría esperando que ella dijera algo o que se pusiera de rodillas y suplicara piedad. Tuvo que recordarse que era una señora, aunque su padre estaba sin blanca y ella se veía obligada a ganarse la vida. Levantó la barbilla ligeramente.
– Vaya -dijo por fin el conde, todavía con un ligero timbre de aburrimiento en la voz-. Me preguntaba si sabría usted lo que es la compostura. Sería muy extraño que no lo supiera.
Se estaba refiriendo, por supuesto, a su cabello, de tono oscuro pero inconfundiblemente rojo. Todas las mechas estaban a la vista, desde la raíz a las puntas. Qué horrible humillación. No se le había ocurrido pensar en su camisón o en sus pies descalzos.
– ¿Se me permite preguntar qué hace merodeando por mi casa en semejante estado de… de semidesnudez? -preguntó, recorriéndola otra vez con los ojos y quitándole una prenda tras otra mientras la miraba, tal como había hecho por la mañana en el estudio. Laura hundió en la alfombra los dedos de los pies-. ¿Buscaba quizá lacayos predispuestos?
Laura sintió que se le dilataban otra vez las fosas nasales.
