
– Si ésas fueran mis intenciones, señor -dijo-, no estaría en la biblioteca, en lo alto de una escalera, ¿no le parece? A menos que estuviera dispuesta a pasar la noche sola -añadió indignada. Oyó el eco de sus propias palabras, sin poder creer que las hubiera pronunciado.
– Buen argumento -dijo él, arqueando con arrogancia las cejas-. Pero habrían tenido que advertirle que no debe usted enseñarme las garras, señorita… ¿Melfort? No le gustarían las consecuencias de querer hundirlas en mi persona -añadió, adelantándose de repente y alargando la mano para coger el libro que ella llevaba apretado contra el pecho. Laura sintió el roce de sus dedos, ya sin anillos, en un pezón y no tuvo fuerzas para impedir que le quitara el volumen.
El conde se arrellanó en el sillón y miró la cubierta y el lomo del libro antes de abrirlo y pasar las páginas con cuidado.
– ¿Le gustan las historias de aventuras y pasiones? -le preguntó. Laura miró con odio la agachada cabeza del hombre.
– Señor -dijo-, me gustaría recordarle que, aunque sea empleada suya, soy una señora.
El conde la traspasó con sus helados ojos azules.
– Si le hubiera preguntado eso, señorita Melfort -dijo-, no habría hablado de historias de aventuras, sino que habría ido directamente al grano. Sólo preguntaba por sus gustos literarios.
Si el suelo de la biblioteca se hubiera abierto en aquel instante bajo sus pies para dejar al descubierto una sima, Laura habría saltado con alegría, aunque hubiera estado llena de demonios con tridentes. El conde la había malinterpretado. ¡Qué horror y qué vergüenza!
Se humedeció los labios y vio que los ojos masculinos seguían el gesto. -Este libro es algo así como una herencia de familia -prosiguió el conde-. Mi madre se lo legó a mi hermana. Aunque soy lector, nunca he sentido interés por este género. Es una historia de aventuras, creo. ¿Por eso lo seleccionó?
Laura no había seleccionado nada. Sólo era el libro que tenía en la mano cuando lo había oído llegar.
