
– Sí -dijo-. Quería algo que me hiciera dormir.
El conde la miró de nuevo, deteniendo los ojos en sus pechos, cuya generosa redondez había esperado en vano que quedara oculta por el camisón. Ojalá se hubiera mordido la lengua, aunque ahora ya no tenía sentido hacerlo. No podía borrar lo que había dicho.
– Más le habría valido buscar un lacayo -murmuró el conde. Laura respiró hondo y vio que volvía a fijarse en sus pechos-. Tenga -añadió, alargándole el volumen-. Acuéstese con él, señorita Melfort. Y que un amante imaginario le haga conciliar el sueño. Creo que se llama Damon. Ya me contarás si hace honor a su nombre. Sugiere cierta… cierta virilidad, ¿no le parece?
Ella recogió el libro, guardándose de tocarle la mano al hacerlo. Se estaba burlando de ella. Burlándose de la idea de leer historias de pasiones. Muy típico de los hombres. Sus gustos literarios eran amplios y variados, pero no se trataba de eso.
– Quizá lea historias de aventuras y pasiones -dijo, mirándolo deliberadamente a los ojos, sabiendo que la estaba obligando a decir lo que jamás debería decir-, pero no para encontrar un amante imaginario que caliente mi solitaria cama de solterona, sino para conocer los aspectos más adorables de la vida, esos en los que el amor, la entrega y las relaciones dan alegría y significado a una existencia que a menudo se desperdicia en la satisfacción de los sentidos y en la infelicidad más elemental.
Ante su sorpresa e irritación, el conde pareció encontrarlo gracioso. Se puso en pie y ella pudo comprobar, como aquella misma mañana, su notable estatura, aunque ya no calzaba botas. Laura no era baja, pero su frente apenas le llegaba a la barbilla. Y tampoco ella podía apartar del pensamiento el semidesnudo pecho masculino, cubierto por una película de vello negro.
El conde le puso una mano bajo la barbilla, aunque ella no había bajado la cabeza, y con la yema del pulgar le acarició los labios; fue un breve y electrificante momento durante el que casi se le doblaron las rodillas.
