
– Te voy a dar todo y la luna-, dijo con fiereza.
Y entonces él la besó.
Capítulo 2
Pasaron dos meses. Robert y Victoria se reunieron en cada ocasión, explorando el campo, y siempre que sea posible, explorando a sí mismos.
Robert le contó de su fascinación por la ciencia, su pasión por los caballos de carreras, y sus temores de que nunca llegar a ser el hombre que su padre quería que fuera.
Victoria le habló de su debilidad por las novelas románticas, su habilidad para coser una costura más recta que una vara de medir, y sus temores que nunca fuera capaz de cumplir las estrictas normas morales de su padre.
A ella le encantaban los pasteles.
Él odiaba los guisantes.
Él tenía la atroz costumbre de poner los pies sobre una mesa, una cama, lo que sea… cuando se sentaba.
Ella siempre ponía las manos en las caderas cuando estaba nerviosa, y nunca era capaz de mirar tan severa como deseaba.
A él le encantaba la forma en que apretaba sus labios cuando estaba enfadada, la forma en que siempre consideraba las necesidades de los demás, y la forma maliciosa en que se burlaba de él cuando actuaba demasiado engreído.
A ella le encantaba la forma en que él se pasaba la mano por el pelo cuando estaba exasperado, la forma en que le gustaba detenerse y examinar la forma de una flor silvestre, y la forma en que a veces actuaba dominante sólo para ver si podía sacarla de quicio. Tenían de todo, y absolutamente nada, en común.
Entre ellos encontraron sus propias almas, compartieron secretos y pensamientos que, hasta entonces, habían sido imposibles de expresar.
– Todavía busco a mi madre-, dijo en una ocasión Victoria.
Robert la miró de manera extraña. -¿Cómo?
– Yo tenía catorce años cuando murió. ¿Cuántos años tenía?
