
– ¿Ya le has preguntado a su padre?
– No. Pensé que le debía la cortesía de informarle de mis planes primero.
– Gracias a Dios-suspiró Castleford. -Aún tenemos tiempo.
Las manos de Robert se contrajeron en puños duros, pero se mordió la lengua para no contestar lo que pensaba.
– Prométeme que no va a pedir su mano todavía.
– Lo voy a hacer.
Castleford consideró la firme voluntad en los ojos de su hijo y se encontró con una mirada dura. -Escúchame bien, Robert-dijo en voz baja. -Ella no puede amarte.
– No veo cómo podría saber eso, señor.
– Maldita sea, hijo. ¡Lo único que quiere es tu dinero y el título!
Robert sintió la rabia brotar en su interior. No se parecía a nada de lo que había conocido.-Ella me ama-, masculló.
– Nunca sabrás si ella te ama.- El marqués cerró sus manos sobre el escritorio para dar énfasis a lo que decía. -Nunca.
– Ya lo sé ahora -, dijo Robert en voz baja.
– ¿Qué tiene esta chica? ¿Por qué ella? ¿Por qué no una de las docenas que se han reunido en Londres?
Robert se encogió de hombros con impotencia. -No lo sé. Ella saca lo mejor de mí, supongo. Con ella a mi lado, puedo hacer cualquier cosa.
– Buen Dios-, su padre se quebró. -¿Cómo fui capaz de criar a un hijo que borbotea tantas tonterías románticas?
– Puedo ver que esta conversación no tiene sentido-, dijo Robert tieso, dando un paso hacia la puerta.
El marqués suspiró. -Robert, no te vayas.
Robert se dio la vuelta, incapaz de mostrarle a su padre la falta de respeto al no acatar una orden directa.
– Robert, por favor, escúchame. Tú debe casarse dentro de tu propia clase. Esa es la única forma en que podrás estar seguro que no se ha casado contigo por tu dinero y posición.
