
Una sensación enferma se formó en el estómago mientras se inclinaba hacia adelante. Allí, en la cama, estaba Victoria, de espaldas a él, pero no cabían dudas que era su glorioso pelo negro. Cómodamente agrupados bajo sus mantas, ella parecía estar dormida.
Robert cayó al suelo, aterrizando en un montón de silencio.
Dormida. Se había ido a la cama dejándolo esperando en la noche. Ni siquiera había enviado una nota.
Se sentía descompuesto del estómago al darse cuenta que su padre había tenido razón todo el tiempo. Victoria había decidido que él no valía la pena sin su dinero y titulo.
Pensó en la forma en que le había pedido hacer las paces con su padre, para que le restituyera su fortuna. Él pensó que ella se lo había pedido preocupada por su bienestar, pero ahora se daba cuenta de que nunca le había interesado otro bienestar que el suyo propio.
Él había dado su corazón, su alma. Y no fue suficiente.
* * *
Dieciocho horas después, Victoria estaba corriendo por el bosque. Su padre la había mantenido prisionera durante la noche, la mañana y hasta bien entrada la tarde. La había desatado con un sermón sobre como debía comportarse y rendir homenaje a su padre, pero transcurridos sólo veinte minutos ella trepó por la ventana y salió corriendo.
Robert debía estar frenético. O furioso. Ella no lo sabía, y estaba más que un poco aprensiva a descubrirlo.
Divisó Castleford Manor, y Victoria se obligó a reducir la velocidad. Ella nunca había estado en casa de Robert, que siempre había venido a llamar a su casa. Se dio cuenta ahora, después de la vehemente oposición del marqués a su compromiso, que Robert había tenido miedo de su padre trataría a Victoria con rudeza.
Con mano temblorosa llamó a la puerta.
Un criado de librea respondió, y Victoria le dio su nombre, diciéndole que ella deseaba que el conde de Macclesfield.
