
Nick apretó los dientes, después, bebió un trago del café frío y espeso. ¿Por qué lo sorprendía que estuviera igual de amargo frío que caliente? Era una bebida que detestaba, pero se sirvió otra taza de todas formas.
Quizá no fuera el sabor lo que aborrecía tanto como los recuerdos. El café le recordaba todas las noches en vela preparando los exámenes de ingreso en la facultad de Derecho. Le recordaba el insufrible viaje en coche que hizo para ver morir a su abuelo, un viaje necesario porque el padre de Nick, Antonio, se había negado a acudir al lecho de muerte del anciano. Incluso por aquella época, Nick lo tomó como un presagio de lo que sería su relación con su padre, y se preguntó si el formidable Antonio Morrelli se daría cuenta de la ironía cuando, el día que le llegase su hora, su propio hijo se negara a acudir a su lecho de muerte.
De vez en cuando, la asociación de ideas seguía asaltándolo: el olor del café y la piel cenicienta y arrugada de su abuelo sobre las sábanas manchadas de orina. Pero, a partir de aquella noche, el aroma del café siempre le recordaría los gritos de dolor de una madre al identificar el cuerpo descuartizado de su único hijo. El cambio no era a mejor, desde luego.
Nick había visto a Laura Alverez por primera vez el sábado anterior por la noche… Dios, hacía menos de una semana. Danny llevaba desaparecido casi doce horas cuando Nick interrumpió un fin de semana de pesca para interrogarla personalmente.
Era una mujer alta, con ligero sobrepeso pero de figura voluptuosa. La melena larga y la mirada sensual la hacían parecer más joven que sus cuarenta y cinco años. Había algo escultural en ella que hacía pensar en el término «fortaleza».
Airosa a pesar de su tamaño, Laura Alverez se había pasado la noche desplazándose del fregadero al armario de la cocina una y otra vez. Había contestado a las preguntas de Nick con calma y mesura. Con demasiada calma, en realidad. De hecho, Nick había tardado diez, incluso quince minutos, en advertir que, por cada taza o plato que Laura Alverez lavaba y guardaba en el armario, sacaba uno limpio y regresaba a la pila con él. Entonces, reparó en la etiqueta del cuello del jersey, que se lo había puesto del revés, y en los zapatos desparejos. Estaba bajo los efectos de una conmoción, camuflada por una calma que a Nick le resultaba más espeluznante que tranquilizadora.
