Laura Alverez conservó la calma a lo largo de la semana. Si hubiera exhibido algún tipo de emoción, quizá no hubiera resultado tan difícil, hacía apenas unos momentos, contemplar cómo la misma mujer majestuosa se encogía hacia delante y se derrumbaba en el suelo frío y duro del depósito de cadáveres del hospital. Sus gritos habían hendido la quietud de aquellos pasillos asépticos. Nick reconocía el sonido: era el alarido agónico de un animal herido. Ninguna mujer debería afrontar lo que Laura Alverez había afrontado sola. En aquellos momentos, lamentaba no haber localizado al ex marido; le habría gustado molerlo a palos.

– Morrelli -Bob Weston entró en el despacho de Nick sin llamar ni esperar una invitación. Se dejó caer en la silla del otro lado de la mesa-. Deberías irte a casa. Ducharte, cambiarte de ropa. Apestas.

Vio a Weston llevarse el índice y el pulgar a los párpados y concluyó que sólo estaba constatando los hechos, no insultándolo.

– ¿Qué hay del ex marido?

Weston lo miró y movió la cabeza.

– Soy padre, Nick. No me importa lo cabreado que pudiera estar con su esposa… No creo que un padre pueda hacerle eso a un hijo.

– Entonces, ¿por dónde empezamos? -debía de estar cansado, comprendió Nick; estaba pidiendo consejo a Weston.

– Por una lista de autores de abusos sexuales, pederastas y personas dedicadas a la pornografía infantil.

– Podría ser una lista muy larga.

– Perdona, Nick -Lucy Burton lo interrumpió desde el umbral-. Sólo quería que supieras que las cuatro cadenas de televisión de Omaha y las dos de Lincoln están abajo, con los cámaras. También hay un pasillo lleno de periodistas y gente de la radio. Piden unas declaraciones o una conferencia de prensa.



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