
– Mierda -murmuró Nick-. Gracias, Lucy -vio cómo Weston se volvía en su silla para seguir con la mirada las largas piernas de Lucy. Si iban a estar en el candelero, pensó Nick, convendría disuadirla de llevar minifaldas y tacones de aguja. Claro que sería una lástima; tenía unas piernas preciosas y unos andares perfectos para lucirlas-. Hemos estado rehuyendo a los medios toda la semana -señaló, y volvió a fijar la mirada en Weston-. Tendremos que hablar con ellos.
– Estoy de acuerdo. Tendrás que hablar con ellos.
– ¿Yo? ¿Por qué yo? Creía que eras tú el experto.
– Cuando se trataba de un secuestro, sí. Ahora es un homicidio, Morrelli. Lo siento, la pelota está en tu tejado.
Nick se recostó en el sillón de ruedas, reclinó la cabeza sobre el cuero e hizo girar el asiento de lado a lado. Aquello no podía estar pasando. No tardaría en despertarse en la cama con Angie Clark. Cielos, la noche anterior parecía muy lejana.
– Escucha, Morrelli -Weston hablaba en voz baja, suave, compasiva, y Nick lo miró con recelo sin levantar la cabeza-. He estado pensando. Ya que se trata de un niño y todo eso, deberíamos pedir que nos envíen a alguien para que te ayude a crear un perfil.
– ¿De qué hablas?
– Puede que sea demasiado pronto para que la gente repare en las similitudes con Jeffreys, pero cuando lo hagan, esto será la locura.
– ¿La locura? -eso no formaba parte de su preparación de sheriff. Nick tragó saliva para digerir el sabor amargo. De pronto, volvía a sentir náuseas; todavía podía oler la sangre de Danny Alverez en sus vaqueros.
– Tenemos expertos capaces de recomponer el perfil psicológico de ese tipo. Reducen las posibilidades. Te dan una idea de quién es el cabrón.
– Sí, sería una ayuda. No vendría mal -Nick procuró no reflejar la desesperación en su voz. No era el momento de revelar su debilidad, a pesar de la repentina compasión de Weston.
