– Diles que envíen a otro, Maggie. Necesitamos este fin de semana a solas -le suplicó con voz suave.

Maggie contempló aquellos ojos grises y se preguntó cuándo habían perdido su color. Buscó en ellos un destello del hombre inteligente y compasivo con el que se había casado hacía nueve años, cuando los dos eran universitarios dispuestos a dejar su huella en el mundo. Ella seguiría la pista a criminales y él ayudaría a las víctimas indefensas. Después, Greg aceptó el empleo en Brackman, Harvey y Lowe, un bufete de Washington, y sus víctimas inocentes se transformaron en multinacionales por valor de un billón de dólares. Aun así, en aquel momento de silencio, creyó reconocer un destello de sinceridad. Estaba a punto de ceder cuando él le apretó la muñeca y contrajo la mandíbula.

– Diles que envíen a otro, o lo nuestro ha terminado.

Maggie se desasió. Greg quiso atrapársela de nuevo y ella le hundió el puño en el pecho. Greg abrió los ojos con sorpresa.

– No vuelvas a agarrarme así. Y si este viaje significa que hemos acabado, quizá hayamos acabado hace tiempo:

Lo dejó atrás y se dirigió al dormitorio, confiando en que las rodillas la sostuvieran y que el escozor de los ojos no diera paso a las lágrimas.

Capítulo 3

Domingo, 26 de octubre


«Y vuelta a empezar», pensó mientras tomaba un sorbo del té hirviendo. El titular de la portada parecía propio del National Enquirer, y no de un periódico tan respetable como el Omaha Journal. Asesino en serie sigue aterrorizando a una pequeña comunidad desde la tumba. Era casi igual de histérico que el titular del día anterior pero, como cabía esperar, la edición dominical atraería a más lectores. De nuevo lo firmaba Christine Hamilton. Reconocía su nombre de la sección de «Vida Actual». ¿Por qué le asignaban la historia a una recién llegada, a una novata?



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