
– ¿Cómo? ¿No lo sabe? -exclamó el taxista.
– No sé nada, primo. ¿Qué ha pasado ahora?
– Acaban de matar a un famoso que se llama Abel.
– ¿Abel, el bailarín?
– Algo así.
– ¿Dónde ha sido?
– Nadie lo dice. Parece como si lo hubieran matado en infinitos lugares a la vez.
– Eso sucede a menudo. Un hombre siempre muere en distintos sitios al mismo tiempo.
– Y también da la sensación que el crimen ha ocurrido hace miles de años, aunque lo han descubierto esta tarde. La radio lo está dando de nuevo. La policía busca a alguien que lleve una señal en la frente y se llame Caín. ¿No es mucha coincidencia?
– Puede tratarse de un serial.
– Nada de eso. A Abel lo acaba de matar su hermano. Es real. Oiga esto. Son noticias de las cuatro de la madrugada.
La radio del taxi no hacía sino repetir el mensaje de busca y captura en medio de una ciudad a oscuras convulsionada por las patrullas de los polizontes. Aquella noche se oían demasiadas sirenas en Manhattan. Me apeé del coche en la esquina de la calle 23 y al devolverme el cambio de cinco dólares el taxista reparó en la marca que llevo en la frente, pero no dijo nada. Sólo abrió los ojos desmesuradamente y partió a gran velocidad.
