Una sensación semejante tuve en la licorería luego, mientras me abastecía de algunas botellas. También los devotos del alcohol me examinaban con ojos furtivos entre las barricadas de licores. ¿Qué había sucedido con mi imagen? ¿Qué extraña vibración estaba emitiendo el cero de mi testuz aquella noche? No lo supe hasta que cogí el taxi en la acera de Washington Square. Abrazado al estuche del saxofón, a la bolsa llena de comestibles, de botellas de whisky y tarrinas de magnesio, iba rodando por la Quinta Avenida en dirección a la calle 23 cuando la radio repitió el boletín de noticias. Se oían muchas sirenas de policía en la ciudad a oscuras y dentro del coche hice un comentario banal acerca de esta tabarra.

– ¿Cómo? ¿No lo sabe? -exclamó el taxista.

– No sé nada, primo. ¿Qué ha pasado ahora?

– Acaban de matar a un famoso que se llama Abel.

– ¿Abel, el bailarín?

– Algo así.

– ¿Dónde ha sido?

– Nadie lo dice. Parece como si lo hubieran matado en infinitos lugares a la vez.

– Eso sucede a menudo. Un hombre siempre muere en distintos sitios al mismo tiempo.

– Y también da la sensación que el crimen ha ocurrido hace miles de años, aunque lo han descubierto esta tarde. La radio lo está dando de nuevo. La policía busca a alguien que lleve una señal en la frente y se llame Caín. ¿No es mucha coincidencia?

– Puede tratarse de un serial.

– Nada de eso. A Abel lo acaba de matar su hermano. Es real. Oiga esto. Son noticias de las cuatro de la madrugada.

La radio del taxi no hacía sino repetir el mensaje de busca y captura en medio de una ciudad a oscuras convulsionada por las patrullas de los polizontes. Aquella noche se oían demasiadas sirenas en Manhattan. Me apeé del coche en la esquina de la calle 23 y al devolverme el cambio de cinco dólares el taxista reparó en la marca que llevo en la frente, pero no dijo nada. Sólo abrió los ojos desmesuradamente y partió a gran velocidad.



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