
Como siempre, Nueva York olía a tarta podrida, a hígado de pollo en almíbar. Cargado con el saxofón y las viandas anduve un buen trecho por la acera solitaria hasta llegar al hotel y en el camino encontré a una pareja de hombres rata que escarbaba unas bolsas de basura. Eran unos seres de color gris, sin pestañas, empapados de herrumbre húmeda. Otras veces, a esa misma hora de la madrugada, los había sorprendido saliendo del pozo negro de la ciudad por una boca de alcantarilla e incluso uno de ellos en cierta ocasión me sonrió con extrema inocencia. Esa noche, los hombres rata siguieron hozando en la fétida dulzura del vertedero cuando pasé por su lado y no fijaron en mí sus ojos blancos de gelatina. Las bocinas de la policía sonaban lejos, rítmicamente, como los latidos de la conciencia, y me excitaban el sentido de la culpa, y aunque para infundirme valor yo caminaba dando golpes duros con las botas en la soledad de la calzada, sentía el peso de una mirada terrible en la cerviz y no hacía sino recordar la voz cavernosa que repetía el boletín de noticias: ¿dónde está tu hermano? ¿dónde está tu hermano? Abel ha sido asesinado. Se busca a un sujeto de ojos verdes y rasgos árabes, de un metro ochenta aproximadamente. Usa perilla de Alí Baba, tiene el pelo rizado, lleva un cero marcado entre las cejas y atiende por Caín.
Ahora la ciudad se encontraba en estado de alerta. Tal vez mañana mi rostro poblaría todas las paredes, las estaciones del suburbano, los periódicos, la televisión, los puestos de control y yo me convertiría en el perro sarnoso más célebre de Nueva York. Seguramente, alguien en este momento me esperaba ya en el hotel para echarme el guante y yo aún no sabía si me querían vivo o muerto. Cualquier ciudadano celoso que me acribillara por la espalda sería condecorado en público. Mi futuro se hallaba a merced de cualquier marca de rifle. Pero esa madrugada en el Hotel Chelsea no me esperaba nadie. En el vestíbulo había unos mendigos refugiados del frío que dormían el alcohol en las viejas butacas junto a la chimenea. Ninguno de ellos había oído la radio. En mi habitación, la cama llevaba tres días deshecha entre botellas derrumbadas.