
Abel era aquel niño que descubrí en el interior de la casamata una mañana en que me picó un alacrán. El recinto fortificado estaba en penumbra y desde las aspilleras que se abrían en los lienzos de hormigón unas lanzas de sol iluminaban el montón de paja donde Eva recostada en un antebrazo daba de mamar a su segundo varón mientras mascaba una raíz virtuosa. Él agitaba las dulces patitas llenas de pliegues de carne sonrosada y ya se comportaba con seriedad. Abel era un infantillo de ojos azules, lo que se dice un lechal de mofletes encendidos, que creció suavemente al son de la flauta en el desierto sin crear problemas a la familia. Entre nosotros dos nunca hubo un percance aparte del amor, hasta el día en que nos separamos a orillas del Mar Muerto. Pero esta noche no quiero pensar en ese bellísimo idiota. Chorreando whisky por las orejas me gustaría evocar ahora la figura de Adán.
Mi padre era un hombre guapo y triste, un pesimista con buena planta que se comportaba como un colono expropiado al que han echado a patadas de la finca y estaba encerrado siempre en un sólido silencio que rompía a veces para rezar a Dios y gemir exclamaciones de nostalgia que aludían a un determinado jardín. No sólo las desgracias dejan huellas en el rostro. También la dicha que uno haya vivido en el pasado se posa en un punto de la mirada. En el semblante de mi padre había restos de una antigua felicidad, aunque yo lo conocí entregado ya a la depresión dándome consejos de esclavo. La mona había sido una de sus criadas en el paraíso, la única que le siguió en el destierro, y cuando jugaba con ella a mi padre se le ponía resplandeciente la cara.
Pero mi padre no era Tarzán sino un hombre perdido en el laberinto del desierto que exhibía ante mí una idea derrotada de la vida.
