
Respecto de Dios tenía una opinión distinta a la de mi madre. Dios no era el sol, los animales nunca asumían poderes sagrados y el corazón de los mortales tampoco formaba parte de la naturaleza. Más bien al contrario. Los sentimientos había que ocultarlos puesto que podían llevarte a la perdición, las bestias debían su violencia al pecado y Dios estaba diseñado como un gigante: era un patrón fornido y de mal carácter, aunque a veces también se ponía melindroso. Esto contaba mi padre gimiendo de nostalgia. En tiempos del paraíso, Dios solía presentarse de improviso en medio de aquella floresta apartando ramas y venía acicalado con pinta de levantador de pesas o domador de leones. Mis padres soñaban recostados en el césped, contemplaban la raya de los cisnes en el estanque y un tigre les servía de almohada, y de pronto llegaba Dios rodeado de monos arcángeles por un camino entre setos de boj arreándose alegremente con una vara las botas de antílope. Dios poseía un gran vestuario. A veces lucía un solideo de moaré en la coronilla, pantalón de seda blanca ceñido a la cadera, zapatos de charol, chaqueta de terciopelo azul con una estrella de plata en la solapa, todo espolvoreado de lentejuelas como Bob Hope a la hora de abrir un musical. En cambio, otros días descendía del cielo equipado de vaquero duro con cinchos, hebillas y espolones cuyo fulgor nacía de una ignorada aleación de metales. El Dios de mi padre era inmenso y sanguíneo, lleno de caprichos de bebé furioso, comido por los celos, terrible en los momentos de cólera, pastueño y dulce en ocasiones. Venillas incandescentes le cruzaban los carrillos, la nariz y la sotabarba, iluminándole la faz, y también le salían pelos de oro por las orejas y las fosas nasales. Parecía que él mismo se había dejado dentro del cuerpo una luz encendida. Al hablar de este Dios, mi padre siempre temblaba. Movía la cabeza. Bajaba la voz. Entonces la melancolía se lo llevaba muy lejos y miraba las nubes que viajaban en dirección al sur. Y me decía: