– No sabes, hijo mío, cómo eran aquellas mañanas en el edén. Gritaba un enjambre de simios en el resplandor de los árboles, los papagayos emitían melodías de caña, había rumores de fuentes o de abejas, las aves hacían el amor en la espalda de los leopardos y los frutos, dorados como lámparas votivas, pendían en el aire perfumado, incluidas unas manzanas verde doncella que llevaban inoculado el principio de la ciencia. De repente, en el firmamento, sobre la vertical del paraíso, se escuchaba una tremenda detonación que hacía enmudecer a todos los animales. Era Dios que acababa de atravesar la barrera del sonido enfilado hacia la tierra. En la colina de esmeralda donde crecía el único manzano del jardín, aquella espiral de luz se convertía en una figura sólida. La imagen del patrón surgía del remolino. Dios aparecía vestido de astronauta o de vaquero del oeste o de estanciero criollo o de bailarín de claque o de señorito latifundista o de patriarca cabrero o de cazador de mariposas o de jardinero jubilado o de papá Noel. Según qué viento le zumbaba el cráneo venía silbando por el sendero de costumbre o te sorprendía por detrás, mientras Eva y yo compartíamos nuestra carne en un juego a la sombra de ciertos prunos que dejaban retales de sol en la pradera. Rodeado de gorilas con espada que eran arcángeles, Dios también podía llegar arrebatado por la neurosis. Ese día podías enloquecer. Te besaba o te azotaba. De sus fauces brotaban preceptos sin parar y luego te cubría de presentes. ¿Ves estos dientes de oro, Caín? Son siete. Me los regaló Dios en varios cumpleaños. Con sus propias manos él mismo me los engarzó.

En medio del desierto poblado de coyotes y alacranes, lejos del paraíso, Adán narraba estos hechos insólitos sentado a la puerta de una casamata o nido de ametralladoras con una mona en brazos y echado a sus pies yo le escuchaba. A la mona le regalaba nueces y a mí me daba consejos de esclavo.



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