Con ella reía sus siete dientes de oro y conmigo compartía la esquizofrenia de Dios. Si bien aquella tarde el valle se había puesto dulce y todo invitaba a tener sensaciones mórbidas, mi padre me decía: caerá sobre ti la desgracia y no sabrás de dónde nace; ofrece al Señor víctimas de expiación y no pretendas ser feliz; en el solar de tu casa crecerán espinas y ortigas, tu fortaleza se cubrirá de cardos y cuando te sientas mal tu desdicha no habrá hecho más que empezar; espera de Dios siempre el castigo para que su bondad caiga sobre ti como un bálsamo. Mi padre me decía estas cosas elevando una mano conminadora en el aire y con la otra le rascaba la tripa a la mona, la cual reía entre las amenazas y los proverbios. Aquella mona un día había visto la cara de Dios. Carecía de responsabilidad. Había sido criada de mis padres en los tiempos felices del edén y con ellos partió al exilio sin traumas y ahora aún estaba alegre y vacía, se agarraba a las ramas del sicómoro con el rabo y no tenía pasado ni futuro. Cuántas veces deseé ser como ella. Qué esfuerzos hice por imitarla. Mi padre temía a Dios. Yo temía a mi padre. En medio de aquel terror que caía en cascada, la mona no hacía sino mostrar al cielo sus enormes encías rojas. Con qué intensidad seguía entonces sus enseñanzas. También yo cogía las nueces con los dedos de los pies y los llevaba a la boca, me rascaba las axilas, bajaba por el tronco de las palmeras velozmente de coronilla a tierra y al reír me quedaba con la dentadura abierta y el pensamiento cerrado o fundido. El celo le duraba seis días a la mona babuina y lo proclamaba hinchando los genitales debajo de la cola, paseando la flor gigantesca del sexo por el oasis envuelta en un perfume embriagador. La primera frustración de mi vida fue comprobar que yo jamás tendría rabo y a eso se debió la primera paliza que recibí. Tal vez me puse muy pesado sin dejar de berrear durante una hora seguida en la lejana niñez.

– Caín, hijo. ¿Te duele algo? ¿Qué te pasa esta mañana? -me decía mi madre.



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