
– Nada.
– ¿Tienes hambre?
– No.
– ¿Tienes sed?
– No.
– Toma esta pulsera de ágata.
– No quiero.
– ¿Has perdido el puñal?
– No.
– Entonces, ¿por qué lloras, Caín, hijo mío? Las ubres de la cabra están llenas y su color es violeta.
– Ella.
– ¿Quién es ella?
– La mona.
– ¿Qué sucede con la mona? ¿Te ha mordido?
– Tiene rabo. Yo también quiero tener rabo.
– ¿Para qué?
– Para jugar.
– ¡Cielo santo! ¿Has oído esto?
– Lo he oído -exclamó mi padre.
Sin mediar aviso, de repente, Adán la emprendió a patadas conmigo fuera de sí. Aquel odio que le brotaba de las entrañas me era desconocido, resultaba demasiado misterioso, y ciertas palabras inconexas y voluptuosas que pronunció al comparar los golpes todavía no las he olvidado.
– El rabo es un privilegio de Dios. ¿Te enteras? Pide perdón.
– ¡Suelta al niño! -gritaba mi madre.
– ¡Cállate! ¿Acaso no recuerdas lo que pasó?
Maldita sea. Fuiste tú la que también quería ser inmortal como la mona.
– Déjame en paz.
– La mona es pura. No la mezcles en tus cosas.
– ¡Suelta al niño!
– Ella es lo único que me une al paraíso.
– ¡No le pegues más!
– ¡Que pida perdón!
– ¿A quién? -supliqué yo llorando.
– A Dios.
Era imposible que un rabo de mona despertara tantas pasiones y lo que comenzó siendo un capricho acabó por convertirse en el nudo de mi inteligencia. El rabo de la mona o el pacto de Dios. Sin pretenderlo había encontrado la clave de aquel enigma del paraíso que ocultaba la dicha de mis antepasados. ¿Qué era el paraíso realmente? ¿Qué había sucedido allí? En los ojos de la mona había quedado un jeroglífico. Ella constituía el último punto de conexión o encrucijada de caminos: uno conducía a la locura de la lucidez, otro se perdía en la oscuridad de los sentidos.
