Era una tarde maravillosa y el desierto se hallaba en el grado más sutil de la dulzura. Desde la ladera se veía la perdida extensión de arena color malva con reflejos de púrpura y mi padre ya se había calmado. Ahora estaba rezando a Jehová mientras pelaba una raíz benévola sentado a la puerta del nido de ametralladoras, cuando en aquel firmamento bruñido del Génesis se oyó un trueno largo, interminable, que interrumpió la oración y la pequeña labor de Adán. Por el espacio pasaron muy altos tres pájaros de acero que el sol del crepúsculo encendía de un costado. Dejando una estela de humo, las tres sombras luminosas cruzaron el azul seco y se perdieron a una velocidad inconcebible. Mis padres habían presenciado esa visión otras veces. Les pregunté:

– ¿Dónde van esos pájaros?

– Pasan siempre hacia el oeste.

– ¿Qué hay allí?

– No lo sé -contestó mi madre-. Pero todas las caravanas de hombres azules y elefantes blancos que he visto cruzar por el horizonte también van en esa dirección.

– Será el paraíso.

– No.

– ¿Dónde está el paraíso?

– Caín, hijo mío, el paraíso está allá.

Mis padres se pusieron de pie y cada uno al mismo tiempo señaló en sentido contrario un punto en la lejanía. Realmente no lo sabían o tal vez ya lo habían olvidado. El laberinto del desierto era demasiado hermético y nosotros huíamos a medida que los manantiales se iban agotando. Un día tuvimos que dejar aquella ladera. Mis padres escogieron un camino al azar, obedeciendo siempre la ruta de aquellos pájaros de acero en el cielo y las huellas de los chacales en la tierra. En el fondo de los ojos se veía una cordillera mineral traspasada de luz, pero un mar de dunas casi infinito nos separaba de ella. Tal vez allí surgiría una fuente, un poco de pasto y otro sueño.



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