
Habiendo acopiado la última agua en unas calabazas secas y cargados con provisiones de higos prensados, de nuevo la tribu emprendió la marcha. Éste era mi destino: seguir los pasos de una mona, de un rebaño de cabras y de una pareja de mortales desvariados por los senos de arena con la lengua pegada al paladar. ¿Hallaríamos alguna vez aquellas caravanas de hombres azules que transportaban oro finísimo de Hevilat? Eva me había hablado mucho de ellos. Eran seres de ébano con turbantes plateados y largas túnicas de seda que cabalgaban elefantes envueltos en perfumes calientes. Durante varias jornadas, las huellas de distintas alimañas nos sirvieron de orientación y sólo vimos alguna calavera de animal cuyos huesos pelados refulgían y también pieles de serpiente. No se percibía el más leve índice de vida en aquel silencio transparente, pero una mañana, en medio del arenal, nos sorprendió a lo largo de una torrentera la visión de unas alambradas que se extendían mantenidas por piquetas hasta perderse en una vaguada. Engarzados en ellas había harapos militares podridos y no muy lejos quedaban restos de un vehículo chamuscado por un incendio. La mona se encaramó en aquel montón de chatarra y comenzó a explorar su interior. Para Adán todo era incomprensible. Y como siempre que no entendía algo también ahora se puso a rezar a Jehová. Los hierros ardían al sol y mi padre, que sudaba a chorros, con la cabeza baja, sentado en una rueda de caucho murmuró una cantinela parecida a ésta: el Señor es mi guía y mi salud, ¿a quién temeré? / El Señor es el baluarte de mi vida, ¿de quién temblaré? / Cuando me asaltan los malignos para devorar mi carne, / mis adversarios y enemigos resbalan y se derrumban. / Aunque acampen contra mí ejércitos, no temerá mi corazón. / Aunque se levante guerra contra mí, yo confiaré en el Señor.
Al otro lado de las alambradas también se veía un monstruo semejante al caparazón de una tortuga gigante con unas cintas dentadas en los flancos y un tubo enhiesto en el aire.