Las cabras estaban detenidas y balaban mientras mi madre había ido a explorar un paso. Lo encontró en el cauce de un barranco y desde allí nos llamó. Bordeando el parapeto de espinos, mi padre arreó el ganado y yo iba con la mona detrás a cierta distancia hacia el lugar donde Eva nos esperaba con Abel en brazos. No supe entonces lo que Adán había pisado, pero de pronto se oyó un estallido increíble que formó un cono de arena luminosa y dentro de ese cono vi tres cabras despanzurradas y también a mi padre que había saltado por los aires como un pelele. Todo aconteció con la crueldad más fugaz. Mi padre cayó el primero e inesperadamente comprobé que la explosión le había reventado no sólo el cuerpo sino también una secreta bolsa llena de joyas que llevaba escondida bajo el taparrabos, junto al sexo. Eran esmeraldas mezcladas con sangre, algunos rubíes que se confundían con ella y varios diamantes. Adán quedó inmóvil con la boca abierta. Le brillaban siete dientes de oro y a su alrededor había tres cabras muertas también. Sobre la matanza se fue luego abatiendo el polvo de la explosión mientras mi madre corría y daba alaridos con Abel en brazos por el filo de la duna. Siendo muy niño, yo había visto la agonía de una zorra en el interior de un zarzal florido. Aquel estertor seguido de una última mirada interrogante, que tanto me conmovió entonces, era el mismo que había investido el cadáver de mi padre rodeado de tres cabras destrozadas. Sin derramar una lágrima, Eva contempló aquellos despojos en silencio durante un tiempo y, después, elevó una mirada de odio con el labio inferior mordido hacia el azul del cielo, escupió y me dijo:

– Ayúdame a recoger las alhajas.

– ¿Por qué ha muerto? -pregunté.

– Nunca ha tenido suerte este hombre. El temor de Dios lo ha reventado. Ábrele bien la boca.

– ¿Para qué?

– Quiero arrancarle los dientes de oro. Siempre sufriendo. Siempre rezando. Tenía que suceder. Dios ya nos había anunciado la muerte. Coge ese topacio, Caín.



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