– ¿Cómo tenía tantas joyas?

– Las había sacado del paraíso en secreto. Tira fuerte de la dentadura.

– ¿Así?

– Ya está. Dios le regaló a tu padre estas fundas de oro en ciertos cumpleaños cuando vivíamos en el edén. Guárdalas. Algún días te pueden servir.

En una bolsa de cuero reunió Eva el tesoro ensangrentado de la familia cuya existencia yo ignoraba. Esmeraldas, rubíes, brillantes y piedras de ágata en forma de brazaletes. Realmente mi padre estaba muerto y una vez despojado de alhajas no hubo necesidad de darle sepultura. Unas rachas de siroco lentamente comenzaron a levantar lenguas de arena y éstas se adensaron en tomo al derrotado cuerpo de Adán y del volumen de las tres cabras hasta que sus figuras quedaron sumergidas en el desierto. Para no olvidar el punto de la tumba mi madre trazó inútilmente sobre ella un círculo enigmático con el dedo, pero en seguida el viento lo borró formando un seno tan ondulado como la sustancia de la memoria. Le pregunté a mi madre:

– ¿Qué significa ese círculo que has trazado?

– Así era el paraíso.

– ¿Tiene algo que ver con el cero que llevo en la frente?

– Eres un adolescente todavía, Caín. Ciertas cosas sólo existen para no ser nunca pronunciadas.

Cuando llegué a aquella cordillera de luz era ya un adolescente quemado por el sol. Allí había un manantial y las palmeras, sicómoros, higueras, rosas de Jericó, nopales y granados rodeaban un estanque cerca de una fortificación abandonada que nos servía de cobijo. Fue una época feliz de mi vida. La ausencia mortal de mi padre me había hecho libre y el silencio definitivo de sus plegarias me ayudó a pensar por mí mismo. En aquel estanque comencé a mirarme el rostro reflejado y bajo un manzano agraz descubrí el placer solitario del cuerpo y también elaboré las primeras melodías soplando en el filo de una hoja y luego grabé máscaras con una lasca de sílex en las pencas de palmera real.



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