Igualmente, me inicié en la observación de las semillas y crié una pequeña huerta. Antes de convertirme en un artista o en forjador de puñales fui un adolescente labrador que ofrecía frutas y hortalizas a Dios con toda regularidad, siguiendo las prácticas de mi padre que no había olvidado. Eva no creía en nada. Sólo confiaba en algunas raíces y jugos benéficos, temía a las serpientes y aborrecía a Dios. Tenía las caderas muy anchas, que parecían de arena, y me enseñaba a sobrevivir diluido en la sensación de las estaciones. No obstante, una vez a la semana yo escogía los mejores productos de la huerta: pepinos, nabos, calabacines, pimientos, sandías o lechugas, según la temporada, y murmurando luego entre dientes las alabanzas de rigor llevaba la cesta cargada hasta la roca negra o ara de basalto erigida con mis propias manos en lo alto de una descarnada colina, y allí componía un magnífico bodegón de primicias para saciar la gula hipotética de Dios. Me gustaba realizar este trabajo al amanecer con el sol tierno todavía y la escarcha ya rosada. Dejaba los dones sobre el altar a modo de señuelo pero Dios nunca bajaba a la tierra. Su presencia era sustituida por las alimañas herbívoras y toda suerte de aves. Probablemente, Dios devoraba las ofrendas multiplicado en mil gorriones o estorninos, disfrazado de jabalí o revelado en alguna cabra de mi rebaño, pero nunca se hacía evidente. Entre todos los animales que se acercaban al ara yo tenía que intuir quién era Él o qué vísceras había elegido para devorar el sacrificio. Ese misterio religioso terminó por convertirse en un juego de apuestas en el que Eva intervenía sacrílegamente.

– Creo que Dios esta vez ha sido un grajo.

– ¿Aquel que se hizo con el calabacín?

– Ése.

– ¿No te has fijado en la cara que ponía la hiena?

– No existen hienas vegetarianas.

– Junto a la sandía había una.



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