– Entonces sería él -exclamó mi madre.

Sentado al pie del sicómoro, mordisqueando una brizna de anís, se me ocurrió una idea para preservar en toda su pureza los alimentos de la ofrenda hasta la hora en que Dios, a través de su alimaña preferida, pudiera elegir. Pensé en armar un palitroque con unas gavillas de paja y vestirlo con unos pellejos de cabrón, calzarlo con pezuñas y fabricar así un espantapájaros a imagen y semejanza de Dios, pero yo no había visto nunca su rostro sino en la imaginación de las historias del paraíso que el difunto Adán me había contado. Un día hice madera de un granado y en ella, a expensas de mi inspiración, fui tallando con el puñal y grabando con una lasca la expresión del semblante divino fijado al azar en un momento de cólera o de máxima furia. Coloqué la máscara en el extremo del palo adornado con pieles, fijé dos brazos abiertos con gavillas y al ver que el siroco agitaba aquella figura y la dotaba de un simulacro de vida experimenté el placer del artista, aunque esta representación sólo tenía un carácter utilitario. Simplemente quería ahorrarme disgustos o conquistar cierta libertad. Para eso había que ahuyentar a las aves y alimañas que cercenaban las frutas antes de que las viera Dios desde lo alto o delegara en una fiera determinada. El espantapájaros me concedería independencia. Ahora podría dormir, soñar, improvisar melodías debajo del manzano agraz soplando en el filo de una hoja, estudiar las costumbres de las arañas, trabajar en la huerta, analizar los ciclos de las plantas y completar la labor de mis padres dando nombre a las cosas sin que mi presencia fuera necesaria en el altar puesto que iba a ser sustituido por un monigote. No me explico por qué este ingenuo ardid molestó de tal forma al dueño absoluto de las esferas. Yo había creado ese espantajo de buena fe, pero ignoraba sus propiedades.

Echado a la sombra del sicómoro estaba yo una mañana dormitando con los ojos abiertos bajo el ala del sombrero y la ardua luz del desierto me cegaba.



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