
El tedio me había sumido en la imaginación. Miraba las nubes que pasaban lentas por aquel cielo bruñido del Génesis y trababa combates entre ellas. También recordaba viejas historias del edén mientras vigilaba el ara sagrada sobre la cual había depositado varios serones con frutas. Cerca de la parada, el espantapájaros agitaba las vestiduras al viento. En ese momento entró en acción su virtud. Me encontraba yo muy metido buscando nuevos pensamientos en el cogote cuando sonó de pronto en el firmamento un tremendo zambombazo seguido de una estampida de animales, y entonces vi un remolino de arena luminosa que se posaba en la descamada colina junto a las gradas del altar. Dios en persona acababa de aterrizar rodeado de gorilas que eran arcángeles. La espiral de polvo se hizo sólida, se transformó en un gigante, el cual fustigándose las botas de antílope con una vara comenzó a dar vueltas a la roca negra del sacrificio como un coronel que revisa el rancho o como un asentador de frutas que inspecciona el género o como un capataz que examina la calidad de la cosecha. La mona estaba a mi lado en ese instante de la revelación. Al ver a Dios comenzó a dar gritos de alegría y después de rascarse las axilas se arrancó con suma velocidad hacia él. Eran viejos conocidos y yo escuché las carcajadas de ambos cuando se encontraron. De un salto se encaramó la mona en brazos de Dios, le mostró las enormes encías rojas, y él la presentó a los arcángeles de la guardia, a los gorilas del séquito. Cogido de pánico vi cuanto sucedía y quedé paralizado al pie del árbol. Con ojos de codicia y dedos ávidos, el amo de las esferas
se puso a escarbar el corazón de las lechugas en busca de su punto de nieve; parecía relamerse ante los higos que rezumaban miel por las grietas y el fuego de las sandías abiertas le forzaba a tragar saliva de puro placer. No había motivo de queja. Las primeras cosechas que daba la tierra después del pecado original se hallaban en perfecto estado de revista, pero Dios vio el espantapájaros que había servido de señuelo.