Quedó perplejo. Se rascó la nuca dudando. Y de modo inesperado soltó una maldición tan sonora que llenó el valle con cuatro ecos. Las serpientes metieron la cabeza debajo de las piedras y en sus nidos los alacranes levantaron la cola al oír el vozarrón de Dios que me llamaba a su presencia. Me arrastré con el vientre en tierra hasta su calcañar y él puso la bota de antílope en mi nuca y me forzó el rostro contra los abrojos. En esta postura ambos tuvimos la siguiente conversación:

– Te llamas Caín, hijo de Adán el degustador de manzanas, ¿no es eso?

– Sí, señor.

– ¿Qué significa ese monigote?

– Nada, señor.

– No soy un estúpido. Conozco tu alma y sé que está abrasada por los deseos más infectos de felicidad. Has nacido con la cabeza muy gorda, muchacho. ¿Qué significa ese monigote? Responde.

– No puedo hablar.

– ¿Ha sido cosa de tu madre? ¿Dónde está la maldita encantadora de serpientes?

– No puedo hablar, Dios mío.

– ¿Por qué?

– Me está usted aplastando la nariz.

– Sospecho que ese espantajo soy yo mismo. ¿Estoy en lo cierto? Contesta. Te crees un artista.

– Sólo quería complacerte.

– ¿Te burlas de mí?

– Si me quitara la inmensa bota de la cerviz trataría humildemente de explicarle este caso.

– Levántate.

– Gracias. Dios es muy amable.

– Habla ahora.

– Verá usted. Con el truco del espantapájaros sólo he intentado que su omnipotencia no entrara en competición con los gorriones. No sé si me entiende.

– No.

Mientras le explicaba el invento, Dios se rascaba el pescuezo. En efecto, no entendía nada. Yo le repetía una y otra vez que si colocaba el muñeco junto al ara los pájaros y alimañas lo tomarían por una figura real de la divinidad y huirían de la máscara.



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