
– Te llamas Caín, hijo de Adán el degustador de manzanas, ¿no es eso?
– Sí, señor.
– ¿Qué significa ese monigote?
– Nada, señor.
– No soy un estúpido. Conozco tu alma y sé que está abrasada por los deseos más infectos de felicidad. Has nacido con la cabeza muy gorda, muchacho. ¿Qué significa ese monigote? Responde.
– No puedo hablar.
– ¿Ha sido cosa de tu madre? ¿Dónde está la maldita encantadora de serpientes?
– No puedo hablar, Dios mío.
– ¿Por qué?
– Me está usted aplastando la nariz.
– Sospecho que ese espantajo soy yo mismo. ¿Estoy en lo cierto? Contesta. Te crees un artista.
– Sólo quería complacerte.
– ¿Te burlas de mí?
– Si me quitara la inmensa bota de la cerviz trataría humildemente de explicarle este caso.
– Levántate.
– Gracias. Dios es muy amable.
– Habla ahora.
– Verá usted. Con el truco del espantapájaros sólo he intentado que su omnipotencia no entrara en competición con los gorriones. No sé si me entiende.
– No.
Mientras le explicaba el invento, Dios se rascaba el pescuezo. En efecto, no entendía nada. Yo le repetía una y otra vez que si colocaba el muñeco junto al ara los pájaros y alimañas lo tomarían por una figura real de la divinidad y huirían de la máscara.
