– Esa confusión no me gusta -exclamó Dios.

– Es un juego de simulacros.

– No me gustan las ficciones.

– Tiene sus ventajas, señor -le dije.

– ¿Ventajas para mí?

– Para los dos. Yo no perderé más el tiempo en vigilar los alimentos y usted podrá levantarse a la hora en que le venga en gana con la seguridad de que va a encontrar la ofrenda incólume.

– Piensas demasiado, jovencito.

– Entonces, ¿qué hago?

– Quema ese monigote -gritó el Señor.

– Es una obra de arte.

– Quémalo en seguida. Que yo lo vea.

– Dios mío.

– Que lo quemes he dicho. Has nacido con la cabeza muy gorda, Caín. Piensas demasiado. Aprende de tu hermano, que se limita a vivir con placidez y no investiga. Él me regala los mejores cabritillos. ¿Dónde está ahora ese infante de ojos serenos?

El pastorcito Abel, que tenía siete años dulces, bajaba por el terraplén detrás de un hatillo de cabras. Se acercó al gigante extraterrestre, el cual muy complacido y con las comisuras llenas de babilla lo acarició como un bujarrón. Dios presumía de haber creado el mundo y no obstante sentía celos de un muñeco de paja. No hacía sino recordarme que era el autor de mi alma y a pesar de eso temía mis pensamientos más precarios. Aquel día tuve que quemar la máscara para que hubiera paz entre los dos. Realicé un fuego y la arrojé a él. Dentro de las llamas vi resplandecer el fiero semblante de Dios, que era real en la ficción grabada por mí con una lasca de sílex y tallada con el puñal. Los rasgos del patrón comenzaron a crepitar y él mismo, los gorilas de la guardia, el pastorcito Abel, la mona y yo asistimos alrededor de la hoguera a la gran brasa que formó la madera de granado, y mientras Dios se golpeaba las sienes compulsivamente como un bebé furioso yo sentí una emoción de belleza que entonces no acerté a descifrar. Las cosas sólo se poseían a través de su imagen.



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