
Para crear a Dios no se necesitaba más que reproducirlo. Al mismo tiempo tuve una sensación de poder casi infinito, ya que el amo del universo se dejaba arrastrar por la ira a causa de mis actos. ¿Por qué un ser tan débil como yo tenía fuerza para excitarle tanto? ¿Podía una hormiga perpleja sacar a Dios de sus casillas? Estas preguntas me atormentaban. A partir de ellas comencé a imaginar que la bondad de Abel no era creativa. Sólo la maldad sería capaz de equipararme al creador del mundo. En una época de mi adolescencia, estas visitas del amo se hicieron muy habituales. Cuando llegaba contento me cedía incluso su muñequera de piel de elefante y me desafiaba. Se quitaba la chaqueta de terciopelo y otras prendas y soltaba bravatas hasta quedar desnudo. A continuación, los dos hincábamos el codo en el ara del sacrificio, nos trincábamos bien la
zarpa y comenzábamos a tirar con el antebrazo en sentido contrario. La mona se ponía siempre de parte de la divinidad y los gorilas de la escolta también, aunque no todos. Había un arcángel reticente, que nunca aplaudía al Señor. Los demás daban saltos a nuestro alrededor, acompañaban con risitas histéricas el resoplido de ambos e inevitablemente la apuesta terminaba con la victoria de Dios, el cual la remataba con una carcajada infantil de las suyas mientras era felicitado por todos, menos uno. La mona se le encaramaba al hombro para celebrarlo. Pero nuestras peleas eran risueñas. Nada tenían que ver con la sinceridad de un combate entre animales ni con la batalla que en mi niñez celebré con la pantera negra. Nosotros echábamos pulsos en el altar, disputábamos carreras de velocidad en la explanada y practicábamos boxeo frente al nido de ametralladoras sin ningún tipo de malicia, aunque Dios no disimulaba nunca la prisa en vencerme. Su pundonor de campeón carecía de límites. Era un púgil obstinado. Aprovechaba el primer hueco para tumbarme de un directo a la mandíbula, y aturdido en el polvo yo oía los aplausos de la mona y los vítores de los gorilas arcángeles; veía a Dios que, con el pecho de gallo sobre mí y una garganta llena de risa triunfal, me decía: