– Levántate, rey de la creación.

– No puedo más.

– Aprende a batirte como un hombre.

– Me rindo.

– Vamos. Otra vez. En guardia.

– ¡Qué pesado eres, majestad! -murmuraba yo con la lengua llena de arena.

– La vida aún te va a golpear más duro. ¿Lo sabías?

– Eres grande.

– Así me gusta. Arriba.

Yo me ponía en pie de nuevo, me apalancaba bien y comenzaba a golpear el torso desnudo del creador o trataba de conectarle un gancho en el hígado inútilmente. Él amagaba con estilo, se fajaba de forma correosa o danzaba con un magnífico juego de piernas y cuando le venía en gana me volvía a tumbar de un mazazo. Aquellas justas levantaban una polvareda en el desierto. Dios terminaba alegre y sudado. Luego metía la nuca bajo el caño del manantial que regaba la pequeña huerta y una vez duchado se vestía los arreos de terciopelo con la melena goteando todavía y se acercaba al altar del sacrificio donde le esperaban las ofrendas que yo le había preparado. Dios elegía lo mejor. Picoteaba de aquí y de allá. Se zampaba algunos higos, devoraba una calabaza entera y se comía una lechuga o dos rumiando las hojas una a una con la mirada bovina puesta en un punto inconcreto del horizonte. Si estaba de buen talante se repantigaba contra la pared de la casamata, cogía la mona en brazos y hablaba sin parar. Al parecer tenía grandes proyectos sobre este mundo para el día de mañana. Se aburría en la inmensa soledad de las galaxias hechas de piedra pómez y quería montar un circo. Había elegido este planeta y la cosa ya comenzaba a marchar. Yo mismo iba a tener un papel estelar en este fregado. Dios se diluía en palabras amorosas y en promesas de felicidad si se sentía bien comido, pero bastaba que los gorriones le hubieran precedido en el banquete cercenando algunas brevas para que el creador montara en cólera.



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