Entonces su gula era similar a su ira y lanzaba maldiciones muy agudas, repartía amenazas contra la esencia de las cosas y nadie se veía seguro a su lado. Yo he oído blasfemar a Dios por unas miserables cebollas en mal estado. ¿Acaso esto no es privilegio? ¿Cuánta gente podría decir eso mismo en Nueva York? Resonaba en mi conciencia el terrible alarido del patrón y luego se multiplicaba por barrancos y quebradas hasta perderse en la extensión de las dunas ayudado por el silencio virginal que allí reinaba. No lo he olvidado todavía.

Ahora está amaneciendo. Una luz sucia ha comenzado a vibrar en el cristal de la ventana y los sonidos de la ciudad que despierta se van haciendo sólidos lentamente. Oigo el ruido de la ducha en la habitación de al lado, la descarga de un retrete, las gárgaras o la tos violenta del vecino y en el pasillo del hotel cierra la puerta alguien que se va. El rumor del tráfico en el asfalto crece dentro de mí y en este momento acabo de tumbar la botella de whisky después de una noche en blanco e incluso puede que esté un poco borracho. Bajo el peso del alcohol abandono la adolescencia y miro el calendario de la agenda. Octubre 18 de 1985. Cierro los ojos y en la cavidad luminosa de los párpados descubro una gruta acuática donde navego como una carpa sorteando a ciegas una red de algas viscosas. Las paredes de esa bolsa son de carne y en ellas hay escritos signos magnéticos o fosforescentes, que parecen fortuitos. Cambian de forma según fluctúa el líquido que me sustenta, pero entre esos caracteres brilla intensamente un cero rojo. Dentro de ese útero que es dulce en extremo percibo vibraciones musicales cuando con una aleta o escama rozo las cuerdas de un arpa submarina. El cero sirve de puerta. Para salir a la intemperie meto la nuez moscada del cerebro y me deslizo con suavidad por el interior de ese círculo o cero rojo que llevo en la frente y en seguida me sorprende la luz del sol.



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