Del fondo de unas breñas manaba el hilo de un manantial que había creado una charca verdosa, casi cubierta por una nube de insectos, y a un tiro de honda aparecían las aristas de una casamata o fortificación con troneras, medio sumergida en la arena, que dominaba el valle desde un teso muy estratégico. Después de una durísima caminata con el sol en el cráneo ahora comenzaba a oscurecer y una parte del cielo se había convertido en una suspensión de polvo dorado y la tierra exhalaba un perfume de pan. Así, lentamente, fue cayendo la noche y el frío se presentó por sorpresa. En aquel oasis, mis padres encendieron una hoguera y recuerdo que el fuego, en la oscuridad, hacía brillar las córneas de la mona y la dentadura metálica de Adán.

Era tal vez el momento de la nostalgia, ese punto en que el día muere y a los caminantes se les pone dulce el corazón. Mi madre comenzó a contarme bellas e increíbles historias que yo no entendía y Adán guardaba silencio sin apartar la mirada pensativa del juego de las llamas. En ese instante, una estrella fugaz cruzó el firmamento del Génesis. Caín, mira esa luz. ¿La has visto volar? Es un demonio. Recliné la cabeza en su regazo y entonces Eva me contó este relato de la rebelión de unos ángeles mientras me acariciaba el pezón de la oreja.

En una época muy remota, Dios era un astro que reinaba en la esfera más alta del universo y sin duda tenía mucho orgullo. Había allá arriba algunos astros semejantes a él, aunque no tan poderosos, y éstos un día se unieron para derribar del trono al gran Dios del espacio e intentaron abandonar la órbita que les obligaba a dar vueltas a su alrededor, pero al descubrir esta conspiración Dios montó en cólera, la cual produjo una inmensa explosión que destrozó a las estrellas rebeldes, cuyos fragmentos incandescentes fueron condenados a vagar perdidos de noche en el cielo para siempre. Esas ascuas son los demonios. Tienen nombres hermosos.



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