
– Enhorabuena. Va usted a ser famoso -me dijo.
– Gracias.
– Sabía que tenía usted talento. Se veía venir.
– Gracias. ¿De qué se trata?
– Lea los periódicos. Le felicito.
Mi rostro no estaba todavía en las paredes de la ciudad ni tampoco adornaba los papeles pero toda la prensa del día daba la noticia del crimen en primera página: Abel ha sido asesinado. Perece un bailarín de cuatro puñaladas en el rodaje de una película. Venganza fratricida en el Este del Edén. El cadáver incorrupto de Abel ha sido hallado en el litoral del Mar Muerto. Abel muere en el bombardeo de Jericó. El asesino Caín está en Nueva York.
Cada periódico daba una información distinta. El Washington Post decía que en una cueva de Qumrán, cerca de las ruinas de un poblado esenio, en la orilla occidental del Mar Muerto, acababa de ser descubierto el fiambre más célebre de la historia. Pertenecía a alguien que había sido navajeado mortalmente hace miles de años. Sometido a la prueba del carbono 14 había dado un resultado positivo: los hechos sucedieron en tiempos del Génesis. En un laboratorio de Jerusalén se le había practicado la autopsia a la insigne momia y los investigadores hebreos quedaron desconcertados al descubrir la evidencia del asesino en el intestino sacro del muerto. El puñal que había acabado con la vida de aquel hombre llevaba grabada en la hoja una inicial, un signo o una palabra en arameo antiguo que respondía al nombre de Caín. Este vocablo había quedado inscrito de forma milenaria en las vísceras del cadáver como una prueba pericial. El asesino estaba en Nueva York y se sabía que era saxofonista.
