En cambio, The Village Voice fechada el suceso en París y todo había ocurrido en el ambiente nocturno de los jardines del Trocadero como un ajuste de cuentas entre homosexuales. Un bellísimo chapero llamado Abel había sido ultimado con una quijada de asno, si bien fuentes no confirmadas atribuían el crimen a un asunto de drogas o a una reyerta de fanáticos musulmanes que habían efectuado venganza en un neófito escapado de El Cairo con una fórmula de pócimas secretas con el ámbar gris. Inevitablemente el asesino se llamaba Caín.

Para el New York Times, la víctima era un bailarín que fue ejecutado durante el rodaje de una película. En la estación del suburbano de la calle 42, Abel aún palpitaba cuando llegaron los guardias. Según testimonio de los ciudadanos que presenciaron el hecho, la escena parecía un montaje o decorado de un film de tipo esteticista. Una multitud de pasajeros reales aunque de baja calaña ocupaba los pasillos y parte del andén donde se había montado el equipo de iluminación. Focos y cineastas, técnicos y artistas melenudos con aparatos y maquilladoras hacían los preparativos para una acción que debía ocurrir en el metro de Nueva York, si bien se trataba de la ficción de una historia sagrada. Algunos negros en los túneles vendían papelinas de jaco, rayas de coca, chocolate y esos turrones que hacen estallar el cerebro. Por allí campaban algunos patriarcas o figuras del Antiguo Testamento, figuras bíblicas desnudas. El director reclamó silencio. Luego dijo: motor. Finalmente gritó: acción. El protagonista era Abel. Entró en campo rodeado de ovejas mecánicas que se pusieron en círculo, dentro del cual comenzó el actor a bailar una danza quebrada de cariz moderno. Iba con una solitaria piel de raposa que le servía de taparrabos.



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