En medio del acto llegó un tren a la estación y al abrirse las puertas automáticas cayó sobre el andén una avalancha de morralla. Hubo que repetir la escena varias veces. Corten. Corten. Siempre había que comenzar de nuevo, pero, según los testigos, en esta ocasión todo salía rodado. Abel bailaba, las ovejas le miraban y un convoy con ojos de búho apareció en la oscuridad del subterráneo. Se detuvo delante de la escena, se abrieron los vagones y de uno de ellos emergió un sujeto con calma estudiada, se acercó al bailarín con un puñal grabado, se abatió sobre él y le incrustó el acero dorado en el corazón. El nombre de Caín también se descubrió durante la autopsia inscrito en el ventrículo izquierdo. El asesino desapareció en el mismo tren que lo trajo al rodaje y todo sucedió como en la ficción de cine, aunque tirado en el andén ahora había un cadáver real y muchos ciudadanos, incluidos los compañeros de reparto, oyeron que antes de expirar la víctima había pronunciado unas palabras misteriosas referidas a su hermano.

– Ha dicho algo acerca de una vasija de Qumrán.

– He oído que aludía al Mar Muerto.

– No ha hablado.

– Ha pronunciado el nombre de su hermano.

– ¿Caín?

– Así es.

Cuando llegó la policía, el cuerpo de Abel aún palpitaba y en un punto todos los testigos coincidían. El asesino era un sujeto de ojos verdes y rasgos árabes, de un metro ochenta de altura aproximadamente, con perilla de Alí Baba, pelo rizado y con un cero rojo marcado en la frente. Entre todas las versiones ésta parecía la más acreditada.

Los periódicos de habla hispana daban una explicación más familiar del caso. Uno de ellos titulaba así la noticia: Carnicería en el Este del Edén. El escueto telegrama de agencia decía que una prostituta llamada Eva contempló en la puerta del cabaret donde trabajaba cómo su hijo Abel era asesinado por su hermano, de profesión saxofonista. Otro diario refería la reyerta a una cuestión de herencia: una bolsa de cuero llena de esmeraldas, rubíes y diamantes ensangrentados, que formaban un tesoro bíblico, había desencadenado el crimen.



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