
– Ha dicho algo acerca de una vasija de Qumrán.
– He oído que aludía al Mar Muerto.
– No ha hablado.
– Ha pronunciado el nombre de su hermano.
– ¿Caín?
– Así es.
Cuando llegó la policía, el cuerpo de Abel aún palpitaba y en un punto todos los testigos coincidían. El asesino era un sujeto de ojos verdes y rasgos árabes, de un metro ochenta de altura aproximadamente, con perilla de Alí Baba, pelo rizado y con un cero rojo marcado en la frente. Entre todas las versiones ésta parecía la más acreditada.
Los periódicos de habla hispana daban una explicación más familiar del caso. Uno de ellos titulaba así la noticia: Carnicería en el Este del Edén. El escueto telegrama de agencia decía que una prostituta llamada Eva contempló en la puerta del cabaret donde trabajaba cómo su hijo Abel era asesinado por su hermano, de profesión saxofonista. Otro diario refería la reyerta a una cuestión de herencia: una bolsa de cuero llena de esmeraldas, rubíes y diamantes ensangrentados, que formaban un tesoro bíblico, había desencadenado el crimen.
